Notas | Palantir, la empresa que quiere controlarlo todo

Palantir, la empresa que quiere controlarlo todo

En el universo de Tolkien existe una piedra capaz de verlo todo: ejércitos enemigos, lugares lejanos, movimientos de tropas. Pero esa piedra tiene trampa: Sauron la corrompe, muestra solo lo que él quiere y, con el tiempo, termina gobernando a quien la usa. Esa piedra se llama palantir. Hoy, una empresa con el mismo nombre ofrece algo parecido: ver y controlar el mundo a través de datos y algoritmos, a cambio de dependencia y subordinación. Sus clientes son gobiernos, ejércitos, servicios secretos y grandes empresas occidentales. Palantir Technologies es el brazo ejecutor de una corriente que pretende construir un gobierno algorítmico supervisado por una élite tecnológica.

La empresa nació en 2003 con financiación de In‑Q‑Tel, el brazo de inversión de la CIA, creado para conectar a la agencia con la innovación de Silicon Valley y acceder primero a las tecnologías de uso estratégico. In‑Q‑Tel invierte para conseguir participación accionaria, un lugar en los directorios y acceso temprano a desarrollos claves. Esa inversión, combinada con la ley Cloud Act —que permite a las autoridades estadounidenses exigir cualquier dato en posesión de una empresa bajo su jurisdicción, sin importar dónde estén los servidores—, convierte a Palantir en un canal directo entre la comunidad de inteligencia de Estados Unidos y la información de sus clientes en todo el mundo. Cualquier gobierno que trabaje con Palantir está entregando la jurisdicción de sus datos al gobierno estadounidense.

Detrás de Palantir aparecen dos nombres: Peter Thiel y Alex Karp. Thiel fue cofundador de PayPal y milita por un liberalismo sin restricciones estatales, controlado por las élites tecnológicas de las que él forma parte. A su alrededor se armó la llamada “PayPal Mafia”: fundadores y primeros empleados que luego construyeron los ecosistemas digitales occidentales, como Elon Musk (X, Space X, Tesla, Starlink, Neuralink), Reid Hoffman (LinkedIn) y los creadores de YouTube (Chad Hurley, Steve Chen y Jawed Karim). Thiel también fue el primer inversor externo de Facebook: en 2004 puso 500 mil dólares a cambio de una participación del 10%. Su objetivo político es claro: sacar del medio a los Estados nacionales y las regulaciones que frenan a las corporaciones tecnológicas.

Karp, en cambio, no viene del mundo tech. Tiene un doctorado en derecho en Stanford, donde conoció a Thiel, y otro en teoría social neoclásica en la Universidad Goethe de Frankfurt. Se define a sí mismo como “socialista”, mientras dirige una empresa responsable de una “cadena de muerte” operada por inteligencia artificial y utilizada en conflictos globales, según sus propias palabras. Ambos comparten un mismo imaginario elitista y tecno‑liberal, donde una minoría de millonarios y tecnólogos se concibe a sí misma como la élite llamada a gobernar el mundo.

Peter Thiel, fundador de Palantir e ideólogo del gobierno de los ‘constructores’, estrecha manos con Donald Trump, el presidente que le abre la puerta a sus proyectos tecno‑autoritarios desde el Estado.

En ese punto, su proyecto político resuena con las corrientes tecno‑aceleracionistas. Estas corrientes sostienen que la única salida a la crisis del capitalismo es acelerar el desarrollo tecnológico, incluso a costa de derechos o vidas humanas. Una de sus variantes, con fuerte influencia en Silicon Valley, impulsa un desarrollo de inteligencia artificial sin restricciones ni control estatal. En sus formas más extremas propone el “secesionismo biónico”: un grupo privilegiado que evoluciona tecnológicamente y abandona al resto de la humanidad, tratándola como desecho, para abrir paso a una inteligencia superior no humana. En ese universo aparecen los proyectos de extensión de la vida, colonización espacial (SpaceX), conexión máquina‑humana (Neuralink) y desarrollo agresivo de IA que Thiel financia o impulsa. Él no se presenta como “aceleracionista”, pero sus ideas coinciden con estas posiciones: sostiene que desde la década de 1970 no hay grandes avances en física, biotecnología o energía y que la causa son las regulaciones estatales. Su conclusión es que hay que “destruir los frenos”: los Estados nacionales, los parlamentos, la democracia liberal. En 2009 dijo: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Y cuando dice “libertad”, habla de la libertad de su clase. Y cuando habla de «frenos» podemos pensar, entre otras cosas, en las leyes que les prohiben matar indiscriminadamente.

La disputa de Thiel y Karp no es contra el capitalismo, sino contra una fracción que denominan “woke capital”: Google, Meta, Microsoft y las grandes tecnológicas que representan “La Catedral”, el consenso progresista que introduce regulaciones y límites al “verdadero progreso”. Son “woke” porque cedieron a la presión de empleados y activistas, aunque sigan beneficiándose de modelos de vigilancia y extracción de datos. Un ejemplo es Google, que abandonó el Proyecto Maven —destinado a automatizar el análisis de imágenes de drones para el Pentágono— tras el rechazo de sus trabajadores. Otro ejemplo se dio cuando Anthropic, creadora del modelo conversacional Claude, se negó a retirar las restricciones que impiden usar sus sistemas para vigilancia de ciudadanos o armas autónomas. El Pentágono pidió eliminar esas barreras, Anthropic se opuso y Donald Trump respondió ordenando el fin de los contratos con agencias públicas. Aun así, Claude terminó siendo usado integrado al sistema Maven de Palantir para planificar ataques sobre más de mil objetivos iraníes. Entre los que, se sospecha, estaba la escuela primaria Shajare Tayebé en Minab, donde 168 personas murieron, la mayoría de ellas niñas.

Para Thiel, esta disputa no es solo política. Es, en sus términos, una guerra espiritual. En una serie de conferencias desarrolló una interpretación apocalíptica de la historia, basada en profecías bíblicas. Afirma que el Anticristo no será un dictador clásico, sino alguien que prometerá “paz y seguridad” para imponer un gobierno mundial que frene el progreso tecnológico. Los “legionarios del Anticristo” serían los activistas que piden regular la IA o alertan sobre el cambio climático, como Greta Thunberg, a quien llama “agente del mal”. Frente a ese supuesto mal, Thiel toma la figura del Katejon, un concepto de los Tesalonicenses que alude a lo que detiene la llegada del Anticristo. En su lectura, el Katejon ya no es una institución política, sino la aceleración tecnológica. La salvación vendría de las empresas que construyen inteligencia artificial, colonizan Marte y buscan vencer a la muerte. Con esta retórica transforma el debate sobre límites éticos en una herejía: invertir en IA, vigilancia y armas autónomas deja de ser un negocio para convertirse en un deber moral; regular esas industrias equivale a “trabajar para el diablo”.

Toda cruzada necesita un enemigo visible y ese rol se le asigna a China. En sus intervenciones públicas, Karp insiste en que si China gana la carrera de la inteligencia artificial los ciudadanos occidentales “tendrán muchos menos derechos”. Pero el modelo que ellos mismos promueven en Occidente se parece demasiado a lo que critican: vigilancia masiva, control social, erosión de derechos básicos. Necesitan un enemigo totalitario para justificar por qué hay que adoptar herramientas totalitarias.

En su propia página, Palantir presenta a Gotham con la imagen de un mapa lleno de puntos de impacto sobre Irán. No muestran contratos, ni formularios, ni tableros neutros: el ‘sistema de armas’ se ilustra directamente con objetivos militares en un país real. Es una forma bastante transparente de decir para qué está pensado el software y cuáles son, en la práctica, sus prioridades.

Para concretar este proyecto, Palantir se apoya en dos plataformas: Gotham y Foundry. Gotham es la plataforma para gobiernos, ejércitos y servicios de inteligencia. La propia empresa la presenta como “el sistema de armas”, cuyo corazón es la “cadena de muerte”, encargada de identificar objetivos y definir cómo destruirlos “de manera fluida y responsable”. Foundry es la versión “civil”, pensada para empresas que gestionan cadenas de suministro, logística, inventarios y recursos humanos. La diferencia no está en la lógica, sino en el uso: el mismo algoritmo que optimiza una ruta define dónde bombardear; el que arma listas de clientes arma listas de personas a eliminar.

Palantir aparece vinculada a conflictos concretos. En Ucrania se utiliza para coordinar ataques, planificar movimientos de tropas y analizar imágenes satelitales; Karp llegó a afirmar que Palantir es responsable de “la mayoría de los ataques” en el frente. En Gaza proporciona infraestructura de datos para los sistemas Lavender y Habsora (El Evangelio): el primero señala personas, el segundo lugares. El ejército israelí admite la existencia de víctimas “colaterales” por cada persona marcada y Karp declaró: “Lo correcto es decir que Palantir es responsable de la mayoría de los terroristas muertos”. No habló de los civiles.

Alex Karp, director ejecutivo de Palantir, en una reunión con Volodímir Zelenski en plena guerra: el proveedor del ‘sistema de armas’ sentado en la mesa donde se decide cómo y dónde se combate.

La empresa también trabaja con el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos), donde desarrolló ImmigrationOS, una plataforma para “agilizar deportaciones”, además de otras herramientas como Investigative Case Management y ELITE. En el Reino Unido, el National Health Service (NHS) la contrató para integrar información de pacientes. La Asociación Médica Británica reclama cancelar el contrato, advirtiendo que Palantir amenaza con socavar la confianza pública en el sistema de datos del NHS por su historial de “software policial discriminatorio” y sus vínculos con un gobierno estadounidense que muestra poco respeto por el derecho internacional.

Alrededor de Palantir se fue armando un ecosistema. Anduril, fundada por Palmer Luckey (también ex PayPal), fabrica sistemas de defensa autónomos —torres de vigilancia, drones submarinos, sistemas de reconocimiento— y toma su nombre de la espada de Aragorn en Tolkien. Cellebrite, empresa israelí, se dedica a la extracción de datos de teléfonos móviles y ofrece dispositivos capaces de desbloquear prácticamente cualquier aparato para extraer todo su contenido. Sus servicios son usados por agencias policiales y de inteligencia en 140 países; en Estados Unidos los emplean el ICE y el Servicio de Alguaciles para obtener información de migrantes y detenidos. La línea es clara: Cellebrite consigue información, Palantir la integra y analiza, Anduril ejecuta los ataques.

Palmer Luckey, fundador de Anduril —el brazo armado de Palantir—, posa junto a un dron submarino autónomo. 

El 15 de febrero de 2026, Kim Dotcom, fundador de Megaupload, publicó un mensaje denunciando que Palantir había sido hackeada usando un agente de IA para obtener acceso de superusuario. A partir de allí enumeró una serie de acusaciones: que Thiel y Karp habrían realizado vigilancia masiva sobre líderes mundiales y magnates, que la empresa tendría “miles de horas de conversaciones transcritas y buscables” de Trump, Vance y Elon Musk, y que habrían instalado puertas traseras en dispositivos, autos y aviones de políticos de todo el mundo para armar “el archivo de material de chantaje más grande de la historia”. Dotcom también afirma que Palantir es responsable de la mayoría de las muertes de palestinos en Gaza por su rol en sistemas de selección de objetivos, y que está desarrollando capacidades nucleares y biológicas para Ucrania en coordinación con la CIA, con la meta de derrotar a Rusia en un año.

Días después, el Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia publicó un comunicado acusando a Reino Unido y Francia de trabajar para dotar a Ucrania de una arma nuclear o una “bomba sucia”, mencionando la ojiva francesa TN75 y advirtiendo sobre una violación grave del tratado de no proliferación. Tanto Dotcom como el SVR hablan de armas nucleares para Ucrania y de una operación encubierta de potencias occidentales para cambiar el curso de la guerra. Son denuncias y propaganda de guerra, pero además de resultar llamativa la coincidencia.a.

El director tecnológico de Palantir, Shyam Sankar, negó el hackeo, pero no negó el resto de las acusaciones. Más allá de si el ataque ocurrió o no, no sorprende que Palantir pueda espiar a Trump o a Musk, trabajar para dotar a Ucrania de capacidades nucleares o proveer listas de palestinos para ser asesinados, extendiendo su dominio de facto en Occidente y en el mundo. Es el germen de un poder dispuesto a arrasar con todo, un poder sin territorio propio que se vende como defensa frente al enemigo oriental mientras toma el control de los Estados occidentales desde adentro. Una empresa “legal” que emite facturas, firma contratos y vende espionaje, control y muerte.

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