Notas | El debate al poder

El debate al poder

Hace ya casi 100 años, en 1934, Enrique Santos Discepolo la vio, y escribió:
«Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor
Ignorante, sabio o chorro, pretencioso estafador
Todo es igual, nada es mejor
Lo mismo un burro que un gran profesor»

Yo, que nací 43 años después que Cambalache, no la veía. Pensé que la discusión y el debate debían tener un piso, algo sobre lo que afirmarse, no sé. Al menos un poquito de honestidad. Que quienes contienden con la palabra sepan de lo que están hablando.

Pero de un tiempo a esta parte, vimos cómo saber ya no es para nada un requisito a la hora de debatir. Todo es opinable y todas las personas pueden opinar. Y no sólo en una mesa de bar con amigos y algún vinito, no. Eso es inocuo y hasta puede ser divertido (quien no se pasó una noche discutiendo sobre bueyes perdidos… linda expresión para decir hablar al pedo). 

Pienso en las horas y horas de televisión en donde se explota públicamente la idea del debate: desde el propio “polémica en el bar” (sin ningún ánimo de alabar a 4 o 5 tipos y sus chistes machistas), donde la idea era justamente entretener, hasta los actuales programas con panelistas, de donde surgió cierto presidente. Parece más o menos lo mismo, pero no. Los tiempos cambiaron. 

Lo que quiero decir es que nadie iba a ponerse a discutirle a su médico porque Rolo Puente haya dicho algo en la mesa de Gerardo Sofovich. Y, sin embargo, vimos como cualquiera hablando en la tele pudo hacer que mucha gente discutiera la vacunación, uno de los inventos humanos que más vidas salvó, junto con la potabilización de agua y el lavado de manos. Y sí, algunas horas de televisión y redes sociales, fueron suficientes para que un ferretero le discuta a un inmunólogo (que estudió algunos años) sobre la vacuna del COVID (que ya sabemos que no hay una sola vacuna, etc., etc.). Los argumentos de la discusión son maravillosos, siempre (de verdad hay gente que cree que son buenos argumentos): “no sé lo que tiene la vacuna” pica en punta… Como si supieran qué cosas tienen las muchas vacunas que ya le enchufaron a sus hijos. Además, ni siquiera sabemos a ciencia cierta qué tiene el guiso de lentejas que compramos en la otra cuadra del laburo y le entramos como loco!!! Pero bueno, no pienso ponerme a discutir los argumentos de los antivacunas, ni es la idea de este momento solemne.

Debates y argumentos, a eso iba. Hace unos pocos días, y respecto a otra vacuna, que se va volviendo bastante urgente, una diputada nacional dijo “si tuviéramos un gobierno kirchnerista ya hubieran comprado todas las vacunas, ¿no?, para aplicárselas obligatoriamente a toda la población” – Y ATENCIÓN A ESTO PORQUE VIENE LA PARTE DE LA ARGUMENTACIÓN!!!- “…no sirve de nada porque tenes que dejar pasar 3 meses entre cada dosis. Entonces, si vos te llegas a vacunar teniendo un proceso, estando enfermo, llevamos 129 muertos de dengue este año, eeeh, digamos que si vos te, o sea la vacuna no te hace efecto y encima te la pones, ¿no? pero solamente para quedar bien apareces con esa solucion que no sirve.” 

No sé. A mí no me queda muy claro por qué no sirve.

Y es que exactamente en esto se transformó el debate: en estar de acuerdo con lo que digan quienes te caen bien. No importa si el argumento es bueno o malo. O si ni siquiera se entiende lo que se argumenta.

Pero el foco de esta columna no era rememorar lo desquiciado del debate entre anti-vacunas y LA CIENCIA (obvio, con mayúsculas). Quería rumiar un poco la idea de cómo hacer para terminar, o al menos aflojar un poco, con esta noción de que todo es debatible por todas las personas. Quizás tenemos que evitar argumentar frente a la falta de argumentos y solamente reírnos. Quizás, en algunos momentos, el ridículo ajeno sea un mejor aliado que la razón. 

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